lunes, 10 de marzo de 2014

El cuento de nunca acabar

Los antibióticos han revolucionado la historia de la humanidad desde el minuto uno de su descubrimiento. Sir Alexander Fleming ni se podría imaginar lo mucho que ha cambiado el curso de la historia desde aquel 1928 en que descubrió (por pura casualidad, todo sea dicho) la penicilina.

Los antibióticos se han convertido en unos de los medicamentos (sino el primero) más demandados y consumidos por la sociedad. Sin embargo, este consumo no ha sido siempre ni racional ni seguro. Se ha producido una ligereza a la hora de utilizarlos lo que nos ha llevado a una situación verdaderamente crítica. Y nosotros, los farmacéuticos, hemos tenido gran parte de culpa. Quizá por dejarnos llevar por esa euforia en su eficacia, quizá por no darle la importancia que tenía en su momento. Ahora somos más conscientes de ello y estamos intentando poner remedio a esta situación (al menos, algunos de nosotros).

La Organización Mundial para la Salud (OMS) no para de hacer campañas para recordarnos la importancia que tienen estos medicamentos y la necesidad total de un uso racional de los mismos. Conviene recordar algunas de estas pequeñas informaciones.



Los antibióticos son medicamentos utilizados para combatir infecciones causadas por bacterias tales como la tuberculosis o la neumonía. Los antibióticos matan bacterias, no virus. Por eso no son eficaces a la hora de tratar gripes o resfriados, ni irritaciones de garganta (nueve de cada diez casos de inflamación de garganta son provocados por un virus).

Los antibióticos han hecho aumentar la esperanza de vida en veinte años. Sin embargo, su mal uso ha provocado la aparición de resistencias bacterianas poniendo a la sociedad en una situación crítica ya que no se ha descubierto ni desarrollado un nuevo antibiótico desde hace 25 años. Utilizar un antibiótico de forma innecesaria disminuye su efectividad contra las bacterias, provocando así un mal funcionamiento a la hora de tratar dichas infecciones. Siempre y en todos los casos en que se requiera un antibiótico, debe ser bajo prescripción médica. La automedicación está totalmente contraindicada.

¿Qué podemos hacer para evitar un mal uso de los antibióticos? Utilizarlos únicamente cuando hayan sido prescritos por un médico. Realizar el tratamiento de forma completa, no interrumpirlo aunque nos sintamos mejor. No compartir los tratamientos con otras personas que no hayan sido diagnosticadas y prescritas con sus propios antibióticos.

Todo esto que he contado es más que sabido por muchos de nosotros. Sin embargo, no conviene olvidarlo ni relajarnos, ya que es una situación a la que nos enfrentamos muy a menudo en nuestros mostradores. Yo tengo el recuerdo de niña (y no soy muy mayor, con lo que no hablo de hace muchísimos años) de tener un dolor de garganta o un poco de mucosidad, y decirme mi madre: “Baja a la farmacia y que Rosa (era nuestra auxiliar del barrio, la farmacéutica ni aparecía por la farmacia) te de Clamoxyl (perdón por la publicidad, pero así lo entenderemos todos mejor)”. Iba, compraba la cajita en cuestión (Rosa no me ponía ninguna pega, ni me pedía receta) y lo tomaba dos o tres días, en función de cómo me encontrara. Así era, lo más natural del mundo.
Hoy por suerte las cosas están cambiando. Yo no doy un antibiótico sin una receta, y trato de educar a mis pacientes que es por su bien y que es necesario que sea el médico el que valore la situación. Esta actitud me ha causado más de un dolor de cabeza y más de una discusión. El consumo de antibióticos sin receta ni pega alguna está demasiado asentado en nuestro día a día, y nos va a costar quitar esta mala costumbre.

Me duele decir que, en ocasiones, me he encontrado sola en esta lucha (sola en mi zona de trabajo, quiero decir). He dicho “No” a muchos pacientes que, al rato, me han venido con la caja del susodicho antibiótico diciéndome “¿Ves? Ya te dije que me lo daban sin receta”. Me he enfadado muchísimo. Hasta me he visto tentada de denunciar a mis propios compañeros porque si una cosa me molesta, y mucho, es que echen por la borda mi trabajo y menosprecien mi profesionalidad. Creo que por tres euros no debemos quitarnos la bata de profesionales sanitarios. Somos muchos los que estamos trabajando por poner al farmacéutico comunitario donde debe estar. Y son muy pocos los que, con una facilidad pasmosa, nos hacen quedar como verdaderos ogros y que no ayudamos a quien lo necesita ¡¡Ya está bien!! Por eso una vez más, y desde aquí lo digo, somos sanitarios no vendedores. Nos debemos a la salud de nuestros pacientes sino queremos llantos y lamentos posteriores que no nos conducen a ninguna parte.