viernes, 12 de septiembre de 2014

Ante todo, educación por favor.

Para todos aquellos que trabajáis cara a cara con el público, vais a saber perfectamente de que va el post de esta semana. La educación, una cosa tan sencilla, y lo complicada que puede ser en ocasiones. No estamos hablando de educación de “alta alcurnia” ni de protocolo ni de modales en la mesa. En absoluto. Estamos hablando de simple y llanamente un “Buenos días”, “Gracias” y “Adiós”.

Los farmacéuticos nos posicionamos día a día detrás de un mostrador, con la mejor de nuestras sonrisas y con la mayor de las predisposiciones para poder dar a nuestros pacientes el mejor asesoramiento farmacéutico posible. Aunque en muchas ocasiones no estén los ánimos para sonreír, intentamos sacar lo mejor de nosotros mismos, porque la persona que entra a la farmacia no tiene por qué pagar los platos rotos de nadie.

Pero al igual que nosotros estamos dispuestos a hacer “de tripas corazón”, queremos que la consideración sea recíproca. Es decir, que la persona que entre a nuestra farmacia venga con la mejor de las disposiciones para que podamos tener un trato agradable y cordial. Sabemos que esto no siempre es fácil, y más teniendo en cuenta que la persona que normalmente acude a una farmacia, lo hace porque sufre un determinado problema de salud. Sin embargo, por experiencia propia, sé que la gente que peor lo está pasando, muchas veces se muestra mucho más educada que gente que viene simplemente a comprar una caja de preservativos (con todos mis respetos a los consumidores de este tipo de productos).

El caso es muy sencillo. Trata a la gente como quieras ser tratado. Fácil, ¿verdad? Pues no veáis las situaciones con las que nos tenemos que enfrentar día a día. Algunas surrealistas. Y otras muchas son para decirle a la persona en cuestión “ya está bien, ¿no?”.

Yo soy una persona que suele acudir a hacer la compra diariamente, a los centros comerciales a comprar productos diversos, a realizar llamadas de teléfono solicitando informaciones… En todas y cada una de las cosas que hago, intento poner mi mejor sonrisa y ser lo más educada posible (según mi marido, en ocasiones, me excedo de educada y me comporto como si yo fuera la farmacéutica de todo el mundo diciendo gracias por todo…). He de decir que no me cuesta en absoluto, me sale de forma natural. Es un hábito que estoy intentando inculcar a mi hijo. Dar los buenos días cuando entras a un sitio, dar las gracias por un servicio ofrecido y decir adiós al salir. En serio, no es tan difícil y la persona que te ha atendido, si es una persona medianamente normal, se va a sentir muy reconfortada.

Sin embargo, hay gente que te ve detrás del mostrador y se crece, se cree superior a ti. Como si te estuviera haciendo un favor y tuvieras que agradecérselo eternamente. ¡Venga hombre! Cierto que yo te estoy ofreciendo un servicio, pero eres tú el que has venido a pedírmelo. Así que seamos cordiales y tratémonos como lo que somos, personas educadas.

Éstas son algunas de las situaciones con las que me he tenido que enfrentar estando detrás del mostrador. Leedlas y dadme vuestra opinión, por favor. A lo mejor es que yo soy una exagerada y magnifico los hechos.

TRAS EL MOSTRADOR
1. Gente que entra y no da ni los buenos días: vale que algunas personas son muy tímidas (mi marido siempre dice que es muy tímido y le da reparo hacerse notar), pero estoy segura que muchos de los que no saludan es por ese grado de superioridad que se creen tener. Vale que lo mío no cuenta ya que saludo a todo el mundo y si me sé su nombre, me dirijo a él por ese nombre. Pero ese es mi trabajo, conocer a mis pacientes. Pero incluso con los desconocidos, con la gente de paso, soy educada.

2. Lo de dar las gracias y despedirse ya es para nota: no te estoy pidiendo que te arrodilles y me rindas pleitesía. No hay que pasarse. Sólo te pido una buena cara y un gracias. Venga, va, te perdono la despedida. ¡Pero un “gracias” no cuesta nada!.

3. Gente que entra a la farmacia hablando por el móvil: benditos teléfonos móviles que nos han hecho más fácil la vida (¿seguro?). Podemos estar localizados en todo momento y atender nuestros compromisos en cualquier sitio. Pero, ¿de verdad no puedes esperar en la puerta a que termine la llamada? ¿No puedes contestar un poco más tarde o llamar tú a la persona en cuestión al salir de la farmacia? No, tienes que hablar mientras yo te estoy atendiendo y, encima, que no se me ocurra molestarte o preguntarte algo porque me fusilas con la mirada. No te estoy dando cualquier cosa, te estoy dispensando un medicamento que puede ser crucial para tu salud. Tengo que hablar contigo, preguntarte varias cosas y asegurarme que ese medicamento es apto para mí. Así que haz el favor de apagar el móvil y prestarme atención.

Por supuesto quien dice hablar por teléfono, dice ir leyendo el iPad o eBook, o jugando a la consola.

4. Gente que entra a la farmacia con las gafas de sol puestas: reconozco que esto es una manía más que una cuestión personal. Pero no me inspira confianza hablar con una persona a la que no veo los ojos. Los ojos son el reflejo de lo que somos. Y a mí me gusta hablar directamente cara a cara. Otra vez mi marido diría que los tímidos como él, lo pasan fatal hablando directamente a la cara. Él suele desviar mucho la mirada cuando habla… Estamos como antes, no todo el mundo es tan tímido.
También puede darse el caso, como me dijo una amiga mía una vez, que esas gafas sean graduadas y que si se las quitan no ven “tres en un burro”. Bueno, algún caso será, pero todos no. Repito, a mí me inspira confianza hablar a la gente a la cara.

5. Gente que, no sólo no te salud, sino que te tira, literalmente, las recetas al mostrador: con un gesto de chulería que echa para atrás. Volvemos a lo de antes. ¿Quién te has creído que eres? ¿Qué me estás haciendo un favor? ¿Tú has visto lo que valen los medicamentos hoy en día? Gasto más tiempo y dinero en gestionar tus recetas para que luego, igual ni las cobremos. No gracias, no necesito tu misericordia.

6. Gente que entra a la farmacia con el perro: espero que no se me ofenda nadie, sobre todo los que tengáis perro. Pero una farmacia no es un sitio para que puedan entrar animales. Y al igual que digo una farmacia, digo una tienda de alimentación, una tienda de ropa o una cafetería. Lo siento, es una cuestión de higiene. Los perros deben quedarse fuera. Y no sólo porque la normativa de Ordenación Farmacéutica así lo diga, sino por sentido común. Sé que vuestros perros están muy limpios, desparasitados y en perfecto orden. Pero no pueden entrar en la farmacia.

Éstas son algunas de las situaciones poco educadas con las que nos enfrentamos todos los días. Sé que hay muchas más y por eso espero vuestros comentarios. Con este post no he querido ni darme aires de grandeza ni decir lo maravillosos que somos los farmacéuticos y lo malvados que pueden llegar a ser nuestros pacientes/clientes. Ni mucho menos. Sólo he querido expresar una disconformidad con la que tenemos que lidiar casi todos los días. Por regla general, nuestros pacientes son un encanto y están más que agradecidos por el trato que les ofrecemos (y todo lo que ellos nos dan a cambio). Pero hay ocasiones en que viene una manzana podrida y nos estropea todo el cesto. Por eso sólo quiero haceros reflexionar sobre cómo queremos ser tratados y cómo tratamos nosotros a los demás.


Puff… Creo que esta vez me he enrollado bastante. Lo siento, en próximos post intentaré esquematizar más. Gracias a todos por estar ahí.

Imagen Mr Wonderful