domingo, 15 de febrero de 2015

"Con mi hijo no soy farmacéutica"

Un titular llamativo, ¿verdad? Pero tranquilos, no se trata de un titulo gancho para que me leáis y que no tenga nada que ver con la explicación. Tiene su por qué y os lo explicaré mas adelante. Vayamos por partes, como diría Jack el destripador (un poco de humor negro de vez en cuando no viene mal).  

Este post tiene relación con el escrito días atrás en la versión de la iRebotica en la página de SEFAC. Dicho post trataba de pleno el tema de la indicación farmacéutica y como podemos darle más valor. Podéis leer el post pinchando aquí.

Cada día el farmacéutico comunitario se enfrenta a numerosas situaciones donde se le reclama que dé un consejo o asesoramiento respecto a una consulta referida por un paciente.

Esta actividad se repite día tras día, lo que a priori nos podría llevar a pensar que lo tenemos "dominado". La indicación farmacéutica no es tarea fácil porque la persona que está al otro lado, esperando recibir una respuesta, confía plenamente en nuestro criterio, por lo que no podemos, ni debemos, dar una respuesta a la ligera.


Ante una consulta de este tipo, el farmacéutico debe, en primer lugar, identificar de forma correcta a la persona que demanda este tipo de servicios. No es lo mismo explicar las cosas a un adulto con estudios y un nivel social medio-alto, que a un anciano sin estudios y con dificultades para entender cierto tipo de vocablos. No debemos ponernos excesivamente científicos en nuestras explicaciones. No vamos a ganar el Nobel, sino que vamos a resolver un problema de salud y esto ha de ser satisfactorio para todas las partes involucradas.

Otro punto a tener en cuenta es ver si la persona que nos hace la consulta es la misma que necesita que le resolvamos esas dudas, o si se trata de un mensajero. En ambos casos debemos asegurarnos que la información ha llegado al receptor y si el mensaje ha sido entendido.

Como podéis ver, en el proceso de indicación farmacéutica no sólo se trata de exponer nuestros conocimientos, sino también de desarrollar una técnica de lenguaje apropiada donde la empatía hacia el paciente/cliente impere durante todo el proceso.

Este tipo de actitudes y experiencias no las da la Universidad, sino el día a día detrás del mostrador. ¿Os parece una tarea fácil? A mí no.

Dicha tarea se complica aún más cuando el paciente a quien tienes que asesorar es un familiar o una persona a quien tienes un especial cariño. Cuántos de vosotros no habréis oído esa gran frase de vuestras madres “si yo tengo al farmacéutico en casa”. Y cuántas veces no os habéis tenido que enfrentar a la pregunta de “¿Te puedo hacer una consulta…?” en numerosas comidas y celebraciones con familiares y amigos. Siempre haciendo horas extras y sin cobrarlas.

Como iba diciendo, esta tarea se complica cuando la persona que nos demanda un consejo es alguien muy cercano a nosotros. No digo que actuemos de forma distinta según quién esté detrás del mostrador (a ver cómo lo explico sin que se me ofenda nadie). La profesionalidad es la misma pero, me tenéis que reconocer, que cuando tenemos que cuidar a un ser querido la preocupación es aún mayor. Eso es algo de lo más humano y no tiene nada de negativo. Los sentimientos son los sentimientos.

Os pondré un ejemplo muy ilustrativo: aún recuerdo las primeras vacunas que tuvimos que poner a mi hijo. Con sólo dos mesecitos y ya con pinchazos, el pobre mío. Esa noche las vacunas le dieron reacción y tuvo fiebre, más de 38 grados. Tal y como nos explicaron debíamos darle Paracetamol (0,8 ml si no recuerdo mal). Mi marido y yo estábamos bastante nerviosos y preocupados (era nuestro chiquitín el que estaba sufriendo). Recuerdo preguntarle a mi marido qué debíamos hacer, a lo que él me contestó (con toda la razón del mundo) "tu eres la farmacéutica". Pues yo, hecha un manojo de nervios, le repliqué "con mi hijo no soy farmacéutica". Era tal el nivel de nerviosismo y responsabilidad que tenía en esos momentos, que la sola idea de equivocarme con mi hijo me paralizó por completo. Obviamente fue algo transitorio, conseguí mantener la calma y darle la dosis de Paracetamol que mi hijo necesitaba.


Lo que quiero decir con todo esto es que nunca debemos menospreciar un consejo, independientemente de quien esté detrás del mostrador. Debemos ser profesionales en todo momento a sabida cuenta de la responsabilidad de nuestros actos. Por eso si dudamos debemos preguntar. Si hay algo que no sabemos debemos decir al paciente "no estoy seguro de eso, déjame que lo consulte". El paciente nos lo agradecerá ya que una respuesta incorrecta puede acarrearnos serios problemas. No somos menos profesionales si no lo sabemos todo. Ya lo aprenderemos.